BIEN VISTO BIEN DICHO BIEN HECHO - Bernardo Carrettoni
- Salado Sur Editorial
- 9 ene 2023
- 15 Min. de lectura
3
BIEN VISTO BIEN DICHO BIEN HECHO
Como tantas veces: la repetición, una vez más, desde su lecho ve alzarse a
Venus. Una vez más. Desde su lecho con tiempo claro ve alzarse Venus
seguida del Sol. Venus y su abrazo imposible| Siente rencor entonces sentimos
leemos a su vez contra el origen de toda vida. Una vez más. Al atardecer con
tiempo claro goza con su revancha. Venus y su abrazo imposible| ante la otra
ventana. Sentada rígida en su vieja silla espía a la radiante. Su vieja silla de
pino sin brazos. Emerge cada vez más brillante de los últimos rayos decae y se
abisma a su vez. Una vez más| otra| como siempre toda vestida de negro.
Mantener esa posición es lo que determina la totalidad de la circunstancia.
Ahora dirigiéndose de pie hacia un punto preciso-se detiene-súbitamente- No
pudiendo continuar hasta mucho más tarde. Sin saber ya hacia donde ni con
que motivo, Las manos una encima de la otra sobre un apoyo cualquiera. Hela
ahí dirán otros, yo en este caso digo para la otredad quizás lectora: acá
aparece como convertida en piedra de cara a la noche. Solo el magenta
iridiscente de los cabellos y el blanco ligeramente azulado del rostro y las
manos huellan la oscuridad. Para un ojo, otro, ya que el nuestro nunca deja de
ser el menos indicado, por otra parte- que no tuviese la necesidad de luz para
ver. Todo esto está en presente. O donde se pueda. Como si tuviese la
desgracia de estar aún con vida. Una vez más.
Dale. Ahora cuidado, el emplazamiento, la casa. Ir. Ahora. Podría ser un lugar
bien circular, llano claro está. Salir de él en línea recta podría llevar cinco a
diez minutos. Según la velocidad y el radio. A ella le gusta- ella sabe que no
sabe más que errar no erra nunca aquí. La verdadera cizaña es cada vez más
rara|progresivamente- perfumando el aire-. Un enclave en la mitad. Sin que
nadie se oponga. Como van a hacer eso. Sin que ella se haya opuesto nunca
tampoco. Como si se tratase de una fatalidad. ¿Qué hace una casa ahí? La
cuestión es que a partir de ella como de un foco maléfico el ¿cómo decirlo
mal?¿ el mal se ha extendido? Sin que nadie haya preconizado nunca su
demolición. Como si una fatalidad la protegiese. Eso es. Rápidamente
entonces, ella, apenas recuperada de puesta en Venus parpadeante rápidamente
camina a la otra ventana para ver surgir otra maravilla a medida que se eleva,
rígida en pie rostro y manos apoyados contra el cristal, durante largo tiempo.
La zona esbozada por una mano temblorosa quizá, forman un contorno
vagamente circular. El mar se oye, aunque invisible. Suelo calizo. En el cielo
mil manchas blancuzcas de importancia desigual, la noche. Espectáculo bajo
la luna: traga saliva, intenta llenar el pequeño círculo del horizonte con algo,
alza los ojos del suelo a sus pies y ve uno. Se gira y ve otro. Y así
sucesivamente. Siempre a lo lejos, esas manchas, inmóviles o alejándose. Salir
de ahí en línea recta podría llevar cinco a diez minutos, según lo que ya
dijimos. Ahora veamos. Esto.
Un páramo habría solucionado mejor el asunto, pero no se trata de eso, se trata
de que hacían falta estatuas o reproducciones gigantes de pinturas dispuestas.
Con razón o sin ella. Un páramo los habría permitido. Por razones todavía
oscuras. Otra razón. Y para que pudiese de repente no haber ninguno más.
Que de pronto uno alce los ojos y no vea nada. Un páramo hubiese sido la
mejor opción. En fin, lo hecho hecho está. Y qué cuadros viejos, no cualquier
lienzo pintarrajeado. Sin vivacidad alguna, todos estratégicamente colocados,
estáticos. Luego un momento de extravío, luego estáticos de nuevo. Así
sucesivamente. Decir que aún hay quien vive en estos tiempos. Decirlo.
Tranquilidad. Decir que aún hay quienes viven en estos tiempos. Tranquilidad.
Hay quienes persisten.
El lugar la atrae. Por momentos. Se yergue sobre una piedra negra y se
convierte en piedra a su vez. Blanca desde lejos. Ella es lo que la atrae.
Rectángulo curvado tres veces más alto que ancho y erigido como una
erección en la planicie. Su estatura ahora. Su pequeña estatura. Los ojos saben
que podrían ir donde se encuentra con los ojos cerrados. Ya no se habla.
Nunca se ha hablado mucho y ahora menos. Se muerde el labio y piensa que
lo real es la desgracia de estar aún con vida, pero en esos momentos a sus pies
la plegaria, esa que no desestima nunca en momentos de desesperación.
Para el imaginario profano la casa tiene que estar deshabitada. O que parezca.
Vigilada sin cesar no revela ninguna presencia de todas maneras. El ojo
pegado a una u otra ventana no ve más que cortinas negras. Mucho tiempo
inmóvil contra la puerta el escucha. Ahora. Nada. Golpea varias veces y nada.
Se ilumina en un claro al que accede retrocediendo, espía en vano por la noche
el mínimo resplandor. Regresa de nuevo a su lugar y confiesa. Nadie. El no se
muestra. Nadie lo ve. La misma vieja contra la ventana. Otra vez al principio
oscuramente, hasta dejarse ver en detalle, poco a poco empezaron a aparecer.
A decir verdad, todo esto aún dura. Pese a que ella no esté ahí muchas veces.
Desde hace mucho.
Si dentro de su casa hasta aquí solamente en la ventana. En una u otra ventana
y las respectivas apariciones, sí. Absorta ante el cielo. Y solo mal entrevistos
aquí un lecho en la sombra y una silla espectral. Y sus idas y venidas sus
recorridos repentinos sus maneras de plantarse ahí y sus interminables
genuflexiones. Los viejos dedos pasan las hojas como pueden. Y cuales
podrán ser las imágenes sino esas que la hacen inclinarse aún más y dejarla así
mucho tiempo.
Lograr una perfecta imagen ahí dónde se presta mejor. En los campos lejos de
su casa. Ella franquea el pedregal y allí se encuentra. Cabeza baja recorre la
nieve a paso lento cambiando de sentido sin cesar, el pelo metálico
resplandece. Es el atardecer ahora, uno más, su larga sombra sobre la nieve la
acompaña, ahora es el momento o no es nunca. Pero algo se lo impide. Justo el
tiempo de creer entrever el comienzo de un velo negro. Fija la vista al sol, el
rostro baja, los ojos bajan, luego no ver en el sol rasante más que la nieve. Y
como todo alrededor lentamente el rastro de sus pasos se borra. No hace falta
más, se repite, no hace falta más que esto.
No necesita nada de decible. Como tener necesidad. Hay períodos en que ella
desaparece. Largos períodos sobre todo en época de lunas completas, en
dirección a las tumbas lejanas. Cualquier otro renunciaría, confesaría. Nadie.
Nadie más, no necesita nada de decible y cómo va a tener necesidad. El otro
espera que ella reaparezca ahí y acá también. Cualquier otro. Seguir el, ¿Cómo
decirlo? ¿cómo decirlo bien? ¿Bien dicho? ¿Algo es realmente capaz de
hacerlo? Hay formas y formas.
El ojo mirando fijamente con dureza un detalle- un desierto, todo se vuelve
rebatible, pero llega una noche que la ausente oye el ruido del mar. Se recoge
la falda para ir más deprisa ahora, y deja al descubierto sus botas, y sus
medias, y esos muslos. Lágrimas.
Antes de ser dejadas atrás por las medias las botas estan mal abrochadas.
Apenas, de plata deslustrada cuelga pisciforme, cuelga de las botas una
hebilla. Como si la tierra temblara en ese sitio. Apenas, y en ese momento un
primer plano. En el que contra roda razón domina a ese temblor. A esa hebilla.
De esa bota, antes. Mucho tiempo esta imagen hasta que bruscamente se
difumina.
Ella está acá. De nuevo acá. El ojo de afuera se deja de distraer. En algún
momento. Distraer por la noche y por el día. O por algo en el cielo. Las
cortinas el cielo. Un relámpago. ¡Lo repentino de todo! Ella ahora rígida acá
sin detenerse. En marcha sin arrancar, de ida sin irse. Sin regresar ni ser
regresada ni nada de todo eso. De pronto es el atardecer, el ojo que mira de
afuera la ventana desguarnecida, las cortinas, fijamente, las distracciones.
Crack. Obturación. Todo vuelve a moverse. Dilemas-esos-de cómo-quién- de-
la percepción- de- plagar papeles con sangre y lágrimas:
quererquedarsequeriendoirse.
Todo se mezcla. Todo. Quimeras, cosas, como en todas las épocas y acá en la
de ella también como si fuera poco. Se mezcla y se anula, todo, quimeras
cosas. Pese a las preocupaciones. A los grandes lamentos. Si ella pudiese al
menos no ser más que una sombra. Sombra pero sin mezcla. Esta anciana tan
moribunda. Tan muerta. En el manicomio del cráneo y en todos lados. Donde
no mas precauciones que tomar. No mas precauciones posibles. Internada allí
con los demás. Cabaña pedregal y todos los trastos. El ojo. El ojo que mira y
es mirado. Todo. Que sencillo seria todo entonces. Si todo pudiese no ser mas
que sombra. Ni ser ni haber sido ni poder ser. Tranquilidad. Continuación.
Cuidado. Sin embargo, siempre hay motivos. Otros dirán que sobran.
Acá en su ayuda dos luces. De pequeños focos, tejado cónico, cada angulo
tiene la suya. Cada una desde su lado vierte una media luz. Así pues sin techo
Necesariamente. Si no cerradas las cortinas ella estaría siempre en la
oscuridad.¿Y luego? Ya casi no alza los ojos. Pero tendida con los ojos
abiertos entrevé la bóveda. En la media luz que cae de las luces. Media luz
cada vez mas débil. Los cristales se nublan cada vez mas. Toda de negro ella
va y viene. Los bordes de la pollera negra tocan el suelo todo el tiempo. En la
media luz que le vierten las luce.
Luego emerge una medianera. Para borrarse poco a poco en provecho de un
espacio continuo. Al este el lecho. Al oeste la silla. Lugar que divide el uso
que hace que ella hace de el. Cuanto mas preferible en cualquier circunstancia
un interior de una sola pieza. Relajado el ojo que todo lo ve. Descansa pero no
mucho tiempo. El muro se descompone. Se derrumba. Es el atardecer. El
lecho apenas se ve. Un leve temblor, un parpadear de ojos, inyectados,
afiebrados.
Ella ausente cansada del ojo de lo inanimado vuelve a volcarse en los doce.
Lejos de su vista como ella de la de ellos. Sola siempre sola donde quiera que
se vuelve mantiene los ojos en el suelo. Siempre igual. Siempre así. Ahí, los
pies se detienen en el camino. Es impreciso, pero es atardecer. Los hechos son
tan antiguos. Hacia los doce el ojo viudo a falta de algo peor. No importa
realmente qué. Ella ahora frente a la cara del poniente. Abrigo oscuro hasta el
suelo. Sombrero viejo. Finalmente, el rostro golpeado de frente por los últimos
rayos. Es necesario crecer y devorar deprisa antes de que oscurezca, antes de
que termine es preciso crecer y devorar y ella, aunque ausente, aunque el ojo
además no deje de percatarse no deje de hacerlo nunca, es necesario. Ella,
como Starosta, a veces, como tantos otros, a veces; con la certeza.
No teniendo ninguna necesidad de luz para ver el ojo a veces igual se
apresura. Y antes de que oscurezca. Ahora es así. Se contradice. ¿Luego
saciado-luego aletargado bajo su parpado campo libre el desvarío- que pueden
ellos rodear sino a ella? Cuidado. Ella que no alza ya los ojos, los alza los ve,
quizá sea, Inmóviles o alejándose. Alejándose. A los que vistos de muy cerca
vuelven a tomar distancias. Al mismo tiempo que otros avanzas. Aquellos
cuyo extravío la aleja. Nunca los vio dar un paso hacia ella. U olvida. Ella
olvida. Y acá es lo que hacen. Ahora. Sin volverse a aproximar. Así la
mantienen en el centro. Más o menos. Que pueden rodear sino a ella. Con su
círculo de donde ella desaparece sin impedimentos. De donde la dejan de
desaparecer. El momento donde la dejan de desaparecer. EL MOMENTO
DONDE LA DEJAN DE DESAPARECER. En vez de desaparecer con ella.
Así pierde la razón. Mientras el ojo se encuba cerca. Aletargado en su propia
oscuridad. En la oscuridad general. En la interna oscuridad de la carne
también.
Es el atardecer. Siempre será el atardecer. Ella emerge al borde de los campos
y sigue adelante a través suyo. Lentamente con pasos flotantes como si
perdiendo pesantez. Repentinas paradas y puestas en marcha relámpago.
Recorre un trayecto. Bajo el crepúsculo. Siempre. Es el atardecer. Hay
reproducciones de cuadros mentalmente entretejidos chorreando una angustia
inevitable.
Acometido desde abajo el rostro consiente, al fin. Débil luz, de todas formas.
Bloque tranquilo suavemente cóncavo, de blancura plomiza, sin arrugas. Que
serena parece estar esta mascara anciana. Como la de algunos recién muertos.
Cerrados los ojos ahora no dejan ver las pupilas. El futuro próximo será capaz
de describirlos como cernidos de un azul desvaído, he dicho, y bien dicho, no
como algunos otros, bien dijo viejo. Al que los llantos pudieron no ser
extraños. Inimaginables llantos de antaño. Pestañas de color negro. Alguna
vez fue jovencita. Habiéndose ensombrecido la imagen, la noche ahora es
cerradísima. No es posible determinar si ha vuelto a entrar a la casa o se ha
marchado devorando la oscuridad| No es posible determinar nada. Nunca. Hoy
y ahora menos.
Piedras blancas amontonadas. Tanto vale decir cada instante. Bien
encaminados a poco, sabiendo: que la certeza es que van a cubrirlo enterrarlo
todo. Zona primera más bien extendida ya que a primera vista, bien vista, y
cada año un poco mejor. Espectáculo espectral, bajo la luna, estas, millones de
piedrecitas, estos minúsculos sepulcros cada uno único. Pero en ausencia de
ella siempre el frío consuelo. Abandonarlo. Agotarlo. Despreciarlo.
El ojo regresará al lugar de las traiciones. Y la carne, amontonándose sin cesar
a falta de algo mejor sobre si misma y la luna, Venus, y el ojo-la capsula-
panóptica| ella:
Desde ese pedregal ella desciende a los campos. Como de la grada de un
estadio a la siguiente. Diferencia que el tiempo cubrirá. Desciende, pero todo
eso por el momento sin ruido. El tiempo pondrá fin a este silencio. Este gran
silencio al atardecer y de noche. Entonces, el ruido de, dos piedras, luego
continuo, luego desbordan, rodamiento continuo, sonidos de piedras. Que
nadie oye. Para luego a medida que los niveles bajen y se silencien.
Silencieros. Al atardecer y de noche, Silencio. Ella espera con las manos
vacías en el campo. Espera sabiendo el final de antemano, por enésima vez.
Esfinge. Finalmente aparecen otros ojos regresando del lugar de las traiciones.
Allí norte allí donde ella los franquea siempre. Esfinge. Los cabellos
magnéticos se erizan en abanico. Por encima y de una parte a otra del rostro
que permanece en calma. Como si nunca hubiese regresado de un antiguo
espanto o locura. O siempre bajo el efecto del mismo. O de otra cosa. Que
deje el rostro helado. Silencieros.
Silencio en el ojo
Del aullido. ¿Cuál decir? ¿Decirlo bien o mal? Los dos, los tres, todos. Esa es
la respuesta. ¿Decirlo bien?
Sentada sobre las piedrecitas ella se presenta de espaldas. A partir de la pelvis.
El tronco rectángulo negro. La nuca bajo el cuello de encaje negro. Una luz
semi aureática sobre el pelo. Cara al norte.
A la tumba. Mira fijamente el horizonte ahora. O con los ojos cerrados ve las
piedras regresando del lugar de las traiciones. El atardecer parece no acabar
nunca. Recibe los últimos rayos. Nada cambia nada. Ni al negro encaje ni a
esos colores|, En el aire inmóvil. Calma de vacío al atardecer como siempre.
Al atardecer y de noche. No hay más que mirar fijamente la herida. Hasta el
momento en que bajo el ojo implacable se estremece, desde los más hondo.
Ahora los ojos también, al borde del abandono. Y el cuerpo anciano. Cuando
parece piedra. Venus, se alza blanca desde lejos en los campos. Y con que el
ojo pase de una a otra. Pase y vuelva a pasar. Que calma entonces. Que
tormenta. Y que tormenta. Bajo calmas falsas de falsos duelos y falsos
estremecimientos.
No posible ya salvo en estado de quimera. Insostenible además Lo demás y
ella. Nada más que cerrar el ojo de una vez por todas y verla. A lo demás y a
ella. Cerrarlo para siempre y verla hasta la muerte. Sin eclipses. En ese lugar,
en esos campos, en la bruma, en la tumba. Todo. Hasta la muerte. Ser liberado
de todo. Pasar a lo siguiente. Pasar a la quimera siguiente dale, este sucio ojo
de carne cerrarlo para siempre. ¿Qué lo impide? ¿Qué te impide seguir o
acabar con tanta infamia decorada?
A fuerza de-fracaso a fuerza de fracaso la locura se inmiscuye- A fuerza de
escombros y de piedras. Vistos no importa como dicho no importa cómo.
Temor ahora del negro y del vacío. Que ella desaparezca. Y lo demás.
Completamente. Y el sol también. Y la luna. Y venus. No importa cómo y
menos importa la manera de decirlo.
Pasado el pánico seguimos. Las manos. Vida en picada. Desenlace. Descansan
sobre el pubis una dentro de la otra. De un magenta estridente. Un ligero color
plomizo también. Latidos. Se aprieta. Se relajan. Sístole diástole. Y el cuerpo -
los cuerpos miserables. Ahora se ven las manos solas. Sobre un pubis solo.
Inmóvil claro está. Sobre la silla. Después del espectáculo. Deshace el
maleficio fácilmente.
Mantiene durante mucho tiempo el tejemaneje. Apretándose y aflojando su
apretón. Un ritmo cardíaco vacilante que da pena. Para desesperarse cuando de
repente se separan. De repente, pero con suavidad. Se separan con un
movimiento ascendente y se inmovilizan vueltas hacia arriba. He aquí nuestras
palmas dirán, no, acá están, las manos. Como para ocultar las líneas vuelven a
caer, girándose para posarse abiertas sobre la parte superior de los muslos.
Dos dedos de la entrepierna. Entonces es cuando falta el anular derecho que
inicia la carrera hacia arriba. Falanges, un anillo. Tres dedos adentro, el anular
atrás, arriba, abriendo; el cuarto dedo también adentro, los cuatro dedos y uno
arriba, también adentro, ahora.
Estáticos ahora. La carne SIENTE.
Atardecer de invierno en los campos. La nieve paró. Pasos tan ligeros que
apenas dejan rastro. Apenas impresas al cesar, justo lo bastante para que la
huella permanezca. Nueve, sin embargo, a la deriva ¿Dónde va ella con esa
cabeza durante todas estas derivas? ¿También acá? ¿Y allá? O todo recto en el
espejismo. El ojo distingue al fin a lo lejos como una mancha. Es finalmente el
techo de pendiente pronunciada de una casa y su imagen, bajo el cielo
sombrío.
Ella finalmente se aleja preguntándose cómo va a poder regresar. Como el
pájaro migratorio. A puertos buenos. Desestima deseos irrealizables que
engendran pestilencia.
-
Ahora ella en la cabaña se blanquea a lo lejos de la oscuridad profunda con un
farol. Silencio sin el imaginario murmullo de la nieve amontonándose, sobre
todo. A lo lejos, de tarde en tarde, una chispa, un pedacito de un chasquido de
realidad. Su propia compañía. Aquí sin cerrarse el ojo la ve a lo lejos. Inmóvil
en la nieve y bajo la nieve. De cara a la cortina negra la silla refleja la soledad.
En ausencia de una mesa en su linaje. Lejos de ella. En sus profundidades
quien sabe la palabra clave al fin La palabra fin. Pero esta noche la silla.
Parece que es el mismo lugar de siempre. Sentada acá es donde ella se
alimenta si es que ella se alimenta acá. El ojo cierra en la oscuridad y termina
por verla. Ahora los dedos, ahora se moja, Ella espera. Ahora sentada y rígida
nuevamente. No es más que un inicio. Pero antes de poder recomenzar ella
palidece y desaparece. No queda ante el ojo desencajado más que la silla sola
y el recuerdo de como comía y como gemía, de como se mojaba, del quiebre
de cintura, de las embestidas duras, casi brutales que daban el fruto amargo del
final, ese de lágrimas y risas.
Un atardecer la siguió un fauno para el matadero, se separó de los demás para
seguir los pasos de ella. En presente para concluir. Los hechos son
antiquísimos. Matadero; aparte él no es como los demás. Parece remolcarse y
no andar por la tierra. Se detiene en el mismo momento que ella. ¿Se sabe ella
seguida? Estático como ella baja la cabeza como ella más debajo de lo normal.
Se miran. Se miran tocándose con los ojos, suave. Se miran suave, breve
enigma. Bruscamente se estremecen. En torno a las piedras, ella se da la vuelta
y se sienta. Muerde los labios. Cabeza alta en este momento ella mira al vacío.
Esta profusión. Con los ojos cerrados ahora ve la tumba. Él no va más lejos.
Se queda. Están en línea recta.
¿Hubo nunca un tiempo donde ya no fuese cuestión de preguntas? Nacidas
muertas hasta la última. Antes. Nada más concebidas. Antes. Nada más
concebidas. Antes. No- Nunca. Un sueño, esa es la respuesta. ¿Ahora qué
hacer con el ojo ese otro ojo sometido a este otro régimen? Esos movimientos
de otros lugares. Pero veamos, no volverlo a abrir. Hasta que todo este hecho.
Ella hecha. O abandonada. Osamenta y extravío, nada más que para recuperar-
la. Un mundo llamado visible. Una cáscara. Rellenarla con nausea de nuevo y
volverla a cerrar. Siempre y en todo momento sobre ella. Hasta que acabe. O
aborte. Esa es la otra respuesta. Silencio.
El cofre está solo y quieto. La noche es la nada. Salvo en el último momento
bajo el polvo de un extremo de hoja dentada por un lado como si arrancada de
un diario, con una tinta negrea ilegible sobre una de las caras amarillentas un
nombre una cifra. ->
Ella vuelve a emerger echada de espaldas. Inmóvil. Al atardecer y de noche.
Inmóvil sobre su espalda, siempre en el lecho. Afuera ningún hijo trabaja
ninguna madera para hacerle un ataúd digno de una madre como ella. Afuera
no hay nadie. El lecho. Una plegaria en la oscuridad. Si es que hay plegaria.
Hay unos nombres repetidos, una especie de delirio mnemotécnico que le arde
en la boca.
Al atardecer y de noche ese rostro sin defensa en el lecho. Rápido, en los ojos
desde el momento en que se abrieron. De repente, helos aquí dirán, ya no,
ahora yo retomo, ahora yo digo: Una pupila desorbitada, ninguna huella ni
humor ni rumor. Nada. Sin mirada. Como no pudiendo más por todas estas
cosas y por cosas vistas con los párpados cerrados el otro ojo emerge y ronda.
Busca abrirse paso. Sin transición de lleno azota en el vacío. La cúspide.
Todavía sigue siendo el atardecer ese, este es uno de
de los tantos. Por una parte, brasa, por otra parte, ceniza. Por una parte, polvo
cenizas cadáveres sombras nada Góngora Darío, por otra parte, Alejandra,
debajo, debajo de mi estoy yo, por otra parte, una partida sin fin, pero a su vez
perdida. El nombre, el suyo. Sueño sin fin y tregua en nada.
En la reanudación la cabeza ahora está bajo la manta negra del lecho. No
importa nada más que eso. ¿Nada más que eso? ¿tal cosa es verdad y real?
¿cómo decir lo contrario? NO|tan| es verdad que los dos si-se vieran-antaño-
ellos dos en ese momento se confundirían, se despellejarían, hubiesen elegido
otras formas de inicio, otros destinos, y que hacer con eso ahora, cargado del
saber triste el ojo que ya no señala apenas que otras conclusiones. No importa
nada. Nada más. Tal es la verdad que los dos son mentiras. Real. ¿Cómo decir
mal en contrario? Contraveneno, contra vos, contra mí, contra todos.
Vive aún la decepción y se presenta otra cosa, como una trampa, ésta
sabiamente camuflada, pero el ojo que todo lo ve siempre la vio y se da cuenta
de todo. Se descubre apenas. Cuidado. Ahora no es cuestión de levantarla sin
demora de arriesgarse a un nuevo rechazo. Solo saborear de antemano lo que
la barrera permite o no permite. En fin. Un sueño de madera y una silla. Un
esqueleto y vísceras. Una cáscara.
¿Tanto vale decir: tanto vale decir por ejemplo decir ébano? Láminas de
ébano, negro. Negro sobre negro la falda las roza sin ruido. La silla
esquelética, famélica se yergue ahí con una palidez mayor de lo normal, si es
que eso existe de alguna manera en alguna parte.
Mientras ella está con la cabeza tapada. Estaría muerta. Puede estarlo. ¿Y si lo
está? Lo escribo, si estuviese lo escribiría. Y se decide. O lo deciden los ojos
lectores o los ojos escribidores plagiadores. Está muerta. Nadie muere nadie
lee nadie escribe sobre nada de lo anterior. Si estaría muerta ya no tendría
nada de raro. Seguramente ya lo está de todos modos, pero entretanto no ese
no es el tema. Ella está viva bajo la frazada. Habiéndola hábilmente estirado
claro, estirado por razones oscuras hasta por encima de la cabeza- o sin razón,
es de noche. ¿Cuándo no es el atardecer acá siempre es de noche me
entendiste? Bueno. Noche de invierno, además, sin nieve. Cuestión de
variedad. En la monotonía total. El pasto una porquería, se pone rígido y duro
extrañamente bajo el peso de la escarcha que quisiera que escarche todo,
absolutamente todo, hasta la casa y hasta la vieja misma.
El murmullo valdría la escucha. Ahora el cielo es sin luna, pocas estrellas. El
silencio se hace música lejana, parece un aliento. Hay como una especie de
vientos celestes al unísono sin reposar jamás. Hasta el punto en que todo eso
importa-ella está con vida debajo de la manta negra; afuera, noche mal vista
en los campos noche de los campos, vacías, los ojos cerrados ¿lo ve ella?
Muros blancos. Ya era hora. Muros blancos, muros blancos, muros blancos.
Blancos como el primer día, todo blanco. Es la ausencia del viento se dice.
Nunca ni un solo soplo. NADA SE ABATE ALLÍ DE TODO LO QUE SE
ABATE. Muros blancos. Ya era hora. Y el misterio, el sol los ha respetado. El
gran sol de antaño. Así, entonces, fachadas de este y oeste, el contraste de
rigor. Entonces: casa. Entonces para decir bien dicho LA CASA. Para decirlo
bien y haberlo visto bien es esto:
¿Frontispicio sur sin problema, pero el otro, esta puerta, cuidado, también ella
negra? Ella también y el tejado, pizarras. Aun, pequeñas pizarras negras,
también ellas provenientes de una casa en ruinas cargada de historias.
Al fin: he aquí dirán: acá digo bien dicho bien hecho, exteriormente por lo
menos: la casa, ya era hora.
En las pizarras negras quedan los versos escritos, dispuestos casi
geométricamente, en tinta azul, que nadie leerá nunca.




Comentarios