Cesare Pavese - 3 de Poemas Inéditos
- Salado Sur Editorial
- 21 sept 2023
- 2 Min. de lectura
Disciplina Antigua
Los borrachos no saben hablar con las mujeres
y se han ido; nadie los quiere.
Van despacio por la calle, la calle y los faroles
no tienen fin. Algunos dan una vuelta muy larga,
pero no es de temer, mañana vuelven a casa.
El borracho que se desbanda se cree con mujeres
-los faroles son siempre los mismos y las mujeres, de noche,
siempre las mismas-: ninguna lo escucha.
El borracho conversa pero las mujeres no lo quieren.
Estas mujeres que ríen: de eso habla el borracho.
¿Por qué ríen tanto las mujeres, y cuando lloran, gritan?
El borracho querría una mujer borracha
que escuchase callada, pero esas lo ensordecen.
"Para tener un hijo hay que pasar por nosotras".
El borracho se abraza a un compañero borracho,
que esta noche es su hijo, no nacido de ellas.
¿Cómo podría una mujercita que llora y que grita
hacerle un hijo compañero? Si este anda borracho,
no recuerda a las mujeres, atento a no dar un mal paso,
y los dos avanzan en paz. El hijo que vale
no ha nacido de mujer- sería mujer también-
Él camina con el padre y conversa:
los faroles les duran toda la noche.
Hábitos
Sobre el asfalto de la avenida la luna hace un lago
silencioso y el amigo recuerda otros tiempos.
Le bastaba en esos tiempos un encuentro imprevisto
y no estaba ya solo. Mirando la luna,
respiraba la noche. Y era más fresco el olor
de la mujer encontrada, de la breve aventura
por las escaleras inciertas. El cuarto tranquilo
y las rápidas ganas de vivir allí siempre
le llenaban el corazón. Después, bajo la luna,
a grandes pasos atontados, volvía contento.
En aquellos tiempos era un gran compañero de sí mismo.
Se despertaba a la mañana y saltaba de la cama
reencontrando su cuerpo y sus viejos pensamientos.
Le gustaba salir bebiendo la lluvia
y también el sol, gozaba de mirar las calles,
de hablar con gente imprevista. Creía
saber cómo comenzar, cambiando de trabajo
hasta el último día, cada nueva mañana.
Después de grandes fatigas se sentaba a fumar.
El placer más intenso era estar solo.
El amigo envejeció y querría una casa
que le fuese querida, y salir de noche
y pararse en la avenida a mirar la luna,
para encontrar a la vuelta una mujer tranquila,
en paciente espera.
Ha envejecido el amigo y no le basta con él mismo.
Los transeúntes son siempre los mismos; la lluvia, incluso
el sol, los mismos, y la mañana un desierto.
Fatigarse no vale la pena. Y salir bajo la luna,
si nadie lo va a esperar, no vale la pena.
Indiferencia
Se abrió este odio como un vívido amor
dolorido, y se contempla anhelante.
Pide un rostro y una carne como un amor.
Murieron la carne del mundo y las voces
que sonaban, un temblor ha tomado las cosas;
la vida entera está pendiente de una voz.
En un éxtasis amargo transcurren los días
en la triste caricia de la voz que vuelve
y va empalideciendo el rostro. No sin dulzura
esta voz en el recuerdo resuena despiadada
y palpitante; ha temblado una vez por nosotros.
Pero la carne no tiembla. Sólo un amor
la podría incendiar, y este odio la busca.
Todas las cosas y la carne del mundo
y las voces no valen la encendida caricia
de ese cuerpo y esos ojos. En el éxtasis amargo
que se destruye a sí mismo, este odio encuentra
cada día una mirada, una palabra rota
y las aferra, insaciable, como si fueran amor.




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