César Vallejo - 2 de Escalas
- Salado Sur Editorial
- 21 sept 2023
- 2 Min. de lectura
Alféizar
Estoy cárdeno. Mientras me peino, al espejo advierto que mis ojeras se han amoratado aún más, y que sobre los angulosos cobres de mi rostro rasurado se ictericia la tez acerbadamente.
Estoy viejo. Me paso la toalla por la frente, y un rayado horizontal en resaltos de menudos pliegues, acentúase en ella, como pauta de una música fúnebre, implacable. Estoy muerto.
Mi compañero de celda hase levantado temprano y está preparado el té cargado que solemos tomar cada mañana, con el pan duro de un nuevo sol sin esperanza.
Nos sentamos después a la desnuda mesita, donde el desayuno humea melancólico, dentro de dos porcelanas sin plato. Y esta tazas a pie, blanquísimas ellas y tan limpias, este pan aún tibio sobre el breve y arrollado el mantel de damasco, todo este aroma matinal y doméstico, me recuerda a mi paterna casa, mi niñez santiaguina, aquellos desayunos de ocho y diez hermanos de mayor a menor, como los carrizos de una antara, entre ellos yo, el último de todos, parado junto a la mesa del comedor, engomado y chorreando el cabello que acababa de peinar a la fuerza una de las hermanitas; en la izquierda mano un bizcocho entero ¡Había de ser entero! y con la derecha de rosadas falangitas, hurtando a escondidas el azúcar de granito en granito...
¡Ay, el pequeño que así tomaba el azúcar a la buena madre, quien, luego de sorprenderle, se ponía a acariciarle, alisándole los repulgados golfos frontales:
-Pobrecito mi hijo. Algún día acaso no tendrá a quién hurtarle azúcar, cuando él sea grande, y haya muerto su madre.
Y acababa el primer yantar del día, con dos ardientes lágrimas de madre, que empapaban mis trenzas nazarenas.
MURO ESTE
Esperáos. No atino ahora cómo empezar. Esperáos. Ya
Apuntad aquí, donde apoyo la yema del dedo más largo de mi zurda. No retrocedáis, no tengáis miedo.
Apuntad no más. Ya!
Brrrum...
Muy bien. Se trata ahora el proyectil en las aguas de las cuatros bombas que acaban de estallar dentro de mi pecho. El rebufo me quema. De pronto la sed aciagamente ensahara mi garganta y me devora las entrañas...
Mas he aquí que tres sonidos solos, bombardean a plena soberanía, los dos puertos con muelles de tres huesecillos que están siempre en un pelo ¡ay! de naufragar. Percibo esos sonidos trágicos y treses, bien distintamente, casi uno por uno.
El primero viene desde una rota y errante hebra del vello que decrece en la lengua de la noche.
El segundo sonido es un botón; está siempre revelándose, siempre en anunciación. Es un heraldo. Circula constantemente por una suave cadera de oboe, como de la mano de una cáscara de huevo. Tal siempre está asomado, y no puede trasponer el último viento nunca. Pues él está empezando en todo tiempo. Es un sonido de entera humanidad.
Y el último. El último vigila a toda precisión, altopado al remate de todos los vasos comunicantes. En este último golpe de armonía la sed desaparece, (ciérrase una de las ventanillas del acecho), cambiar de valor en la sensación, es lo que no era, hasta alcanzar la llave contraria.
Y el proyectil que en la sangre de mi corazón destrozado
cantaba
y hacía palmas,
en vano ha forcejeado por darme la muerte.
-¿Y bien?
-Con ésta son dos veces que firmo, señor escribano.
¿Es por duplicado?




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