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Saladosur

Juan Gelman - 5 de El emperrado corazón amora

  • Foto del escritor: Salado Sur Editorial
    Salado Sur Editorial
  • 26 sept 2023
  • 2 Min. de lectura

NEVER


Nada, nadie, nunca, ene

más molesta que un moscardón, un peso.

Ene que vive sin estómago. Mallarmé,

nunca de ella te ocupaste, perdido

en vocales vacías. Hay estados

sin voz con descalabros

que piensan, giran como mulas

alrededor de la locura. Un palo

grande cava su fosa a favor

del orden sin reloj ni tijeras

que corten el horror.

En el salón común de puerta abierta

el alma es un plato inservible.

El hospital del pecador

tiene tigres que saltan

a la inundación de dioses. Una

cuchara del hijo regresa

sin comienzo final.



POR AHÍ


El ser que niega su violencia

es otro que camina por uno.

El abrigo del cuerpo no

sirve para nada y en las

estribaciones del pasado respira

por costumbre nomás.

Planetas brillan altos

en el deseo que la sangre desea.

Los nervios que replican

se hinchan en lagos de ceniza,

un soplo abre y cierra los ojos,

con voces de la palabra cerca.

La desespera quiere sus pedazos

en lo que va a esperar.

Caligrafías en

cualicuantos estamos sin

tregua, el mundo suspendido,

el tiempo inmóvil como piedra,

su cólera.


LA CORNISA


El presente se alía con la fatalidad

y el pasado le gira, lleva

al reposo común,

se silencia en un recuerdo huérfano.

Lo divisado se mezcla

con lo que divisó, los actos.

Nade se aparta del camino que fue.

La memoria se pule en mas ahoras

que se pusieron a llorar.


SUDORES


La tijera corta

agujas del instante clavadas

en la palabra que habla por uno.

¿Qué mortificaciones pasa

cuando pasa por uno?

Las plazas en otoño son jóvenes

aunque el padre murió, esperan

los silencios habidos, el

estío que no aparece.

La palabra del padre sopla

despapelada, no tiene sonido.

Toca la membrana interna, baja

escalón por escalón el deseo

que todavía lo alumbra

en hueso que no se apagan.



¿SE SABE?


Los profesores del intelecto

no vigilan la incapacidad

de la razón, mientras

la desintegración de los discursos

desabriga a pájaros implícitos

que mata el vuelo de la locura.

El organillero ofrece su gorra

a la música de otros.

No hay máquina que maneje el azar

ni sus cristales de oro donde

cualquier rostro se ve.







 
 
 

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