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Saladosur

Sylvia Plath - 2 de Ariel

  • Foto del escritor: Salado Sur Editorial
    Salado Sur Editorial
  • 29 sept 2023
  • 1 Min. de lectura

FILO


La mujer alcanzó la perfección

Su cuerpo


muerto lleva la sonrisa de la realización,

la ilusión de una fatalidad griega


fluye por los pliegues de su toga,

sus pies


descalzos parecen decir:

hemos llegado hasta acá, se acabó.


Cada niño muerto enroscado, serpiente blanca,

cada ínfimo


cántaro de leche, ahora vacío.

Ella los atrajo


de nuevo hacia su cuerpo como pétalos

de una rosa que se cierra cuando el jardín


se endurece y las fragancias sangran

en las gargantas dulces, profundas, de la flor nocturna.


La luna no tiene por qué estar triste

mientras observa desde su cofia ósea.


No le sorprenden estas cosas.

Su lutos crujen y se arrastran


ARIEL


Quietud en la oscuridad.

Luego el azul insustancial

vertido desde cerros y distancias.


La leona de Dios,

¡Cómo crecemos,

pivote de rodillas y talones! - La estría


Se divide y pasa, hermana del

arco marrón

del cuello que no logro ceñir.


Moras con ojos

de negros proyectan oscuros

garfios -


Negras bocanadas dulces de sangre,

sombras.

Algo más


me arrastra por el aire -

muslos, cabellos;

costras de mis talones.


Blanca

Godiva, me despellejo -

manos muertas, muertos rigores.


Y ahora

hago espuma hasta volverme trigo, resplandor de mares.

El llanto de un niño


se derrite en la pared.

y yo

soy la flecha.


El rocío suicida

que vuela, al unísono con su pulsión

hacia el ojo


carmesí, caldero de la mañana

(de Ariel, 1966)

 
 
 

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